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Antes
de la invención de
las velas, se
utilizaban pequeñas
lámparas de aceite
en los templos
antiguos y en los
santuarios caseros
llamadas lámparas de
votivo, como fieles
conductoras de sus
plegarias a las
deidades de antaño.
Cuando se inventaron
las velas, estas
reemplazaron
rápidamente a las
lámparas de aceite
en el culto.
Las
velas hechas de cera
de abejas ya se utilizaban
en Egipto y Creta en
el año 3000 a.
C. Tallados en relieve
en las tumbas del Egipto
antiguo en Tebas, muestran
velas en forma de cono
sobre soportes en forma
de platos o candeleros.
El hallazgo arqueológico
más antiguo conocido
en Europa, de un fragmento
de vela, fue cerca de
Avignon en Francia,
el cual data del siglo
I de la era cristiana.
En
el siglo XIII se establecieron
gremios de cereros o
fabricantes de velas.
Estos artesanos iban
de casa en casa en Londres
y París, fabricando
velas. La cera de abejas
o sebo (la grasa sólida
y dura procesada del
ganado y las ovejas)
se utilizó en
la fabricación
de las velas hasta el
año 1825, aproximadamente.
Las tintas naturales
utilizadas para colorear
telas y otros materiales
por mas de 5000 años,
se mezclaban en la cera
de abejas o el sebo,
mientras se derretía,
produciendo velas de
colores. La cera de
parafina, residuo de
la destilación
del aceite crudo, fue
introducida en la década
de 1850 y todavía
es ampliamente utilizada
en la fabricación
de velas. Otros experimentos
en el siglo XIX produjeron
velas de materiales
tales como el ácido
esteárico, esperma
de ballena, cera microcristalina
y ceresina de petróleo.
Las
velas recomendadas en
este libro son preferiblemente
las utilizadas para
las ceremonias religiosas
por los católicos
de origen latino y francés.
A la vuelta del siglo
XX fueron introducidas
las velas de siete días,
reemplazando las velas
comunes utilizadas anteriormente.
La práctica de
utilizar una llama de
cualquier clase, es
universal; una práctica
que es aceptada y utilizada
en las principales religiones
del mundo, excepto por
la cristiandad protestante.
Los pocos protestantes
que sí utilizan
velas en sus plegarias
nunca lo admiten ante
su pastor u otros miembros
de la iglesia. El pastor
de una iglesia protestante
exclamaría a
grito entero: “esto
va contra de Dios”.
Ellos están equivocados;
la práctica de
exponer luces como una
ofrenda junto con la
oración, no es
vudú, ni es brujería,
ni satanismo, como algunos
podrían hacer
creer, utilizando la
ignorancia y el miedo.
Es simplemente un arco
de devoción.
Este camino de devoción
es sólo uno de
los muchos caminos que
llevan a Dios.
Desde
tiempos inmemoriales
se ha especulado mucho
sobre lo que es y lo
que significa la magia
para el ser humano.
Sin embargo, hay algo
definitivamente cierto:
la historia de la magia
se remonta hasta el
mundo primitivo y desde
entonces ha jugado un
papel enorme en la vida
de la humanidad, atribuyéndosele
una influencia grande
en la evolución
social y en el modo
de pensar occidental,
así como sobre
la concepción
contemporánea
del mundo y de la vida.
No
obstante, tanto la magia
como sus seguidores
son terrenos prácticamente
desconocido para nuestro
mundo actual. Pese al
avance de la ciencia
y la legitimación
de las visiones estrictamente
racionales del mundo
y de los hombres, la
magia no ha perdido
su efecto de seducción,
asombro, inquietud y
estremecimiento sobre
nosotros. Su poder imaginativo
sigue intacto. La magia
se desarrolla en el
terreno de las fuerzas
“sobrenaturales”
que las ciencias naturales
no pueden explicar.
Tiene un carácter
eminentemente pragmático.
La
magia pretende actuar
sobre la realidad por
medio de rituales “prácticos”,
en los que intervienen
las palabras, las fórmulas,
las oraciones, los objetos
(amuletos en ocasiones)
y los movimientos de
expresión corporal.
El ritual mágico
va dirigido la mayoría
de las veces a seres
mediadores ante las
divinidades: santos
e intermediarios varios.
En el trasfondo de estas
creencias existe una
concepción de
“magia natural”
que invoca las fuerzas
que se hallan presentes
e implícitas
en la naturaleza y que
conlleva de manera lógica
el acto de la creación
divina.
Algunos
sociólogos han
visto en las prácticas
mágicas populares
desde la época
medieval una especie
de anticultura, una
manera de expresión
de la inconformidad
de grupos marginados
ante medidas impuestas
por las autoridades
de cada época.
La
cacería de brujas
del Medioevo es atribuida
a la necesidad de las
autoridades locales
de encontrar una causa
“externa”
a situaciones calamitosas
de hambre, epidemia,
recesiones económicas.
Cuando se multiplicaban
las enfermedades, el
sufrimiento y la muerte
repentina, necesitaban
encontrar “chivos
expiatorios” que
les permitieran calmar
la angustia de la gente
y los desórdenes
a que este desespero
podía llevar.
Otros
especialistas en ciencias
sociales consideran
que la denominada magia
demoníaca no
tuvo su origen en prácticas
populares, sino que
fue fruto más
bien de una elite intelectual
– la del medioevo
– que encontraba
de esta manera una válvula
de escape ante los estrictos
límites impuestos
al proceso del conocimiento
por la disciplina de
la Iglesia Católica.
Es
decir, que toda esta
imaginería de
“lo demoníaco”,
no fue sino el fruto
del actuar de eruditos,
los únicos que
tenían en esta
etapa acceso a la lectura
y la escritura y al
conocimiento en general.
Estos eruditos elaboran
un discurso, que más
tarde fue utilizado
para perseguir y condenar
a muchos inocentes.
Este fantasma de “lo
demoníaco”
es, pues, utilizado
a su vez por las autoridades
para imponer disciplina
social y ortodoxia religiosa.
La
historia de la magia
natural va por otro
lado. Esta, tiene un
origen popular e intenta
actuar para proteger
a las personas de las
enfermedades, las desgracias
y la mala suerte. Es
una manera, como cualquier
otra, de defenderse
en su lucha cotidiana
contra las dificultades
de la vida.
Muchos
adeptos a los ritos
mágicos consideran
que no actúan
en contra de sus convicciones
religiosas cristianas
o de otro tipo. Para
ellos son más
bien una especie de
“complemento”
a su cosmovisión
religiosa del mundo.
Aún personas
que no se adscriben
a ninguna práctica
religiosa sienten respeto
y temor ante el mundo
de la magia.
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